POR EL DERECHO A VIVIR EN PAZ
Esta página ha sido visitada  6425 veces.
Monseñor Iván Cadavid Ospina. Rector De La Universidad Católica De Oriente

Por el derecho a vivir en paz

Nuevo Rector UCO

En Colombia, como en general en el mundo, desde hace varias décadas se viene hablando de la paz, de su necesidad, de su construcción, del vehemente deseo de los hombres y mujeres de nuestro tiempo por vivir en un mundo armónico, sereno, sin inseguridad ni sobresaltos. De la paz hablan los jefes de Estado, los líderes religiosos, los miembros de las organizaciones civiles y culturales de todo tipo, los niños y los jóvenes de las escuelas y colegios, los altos comisionados, hasta los subversivos enarbolan la bandera de la paz mientras siguen apuntando con sus armas.

Hay un reclamo general de un derecho que nos parece fundamental: que nos dejen vivir en paz. Ya son millones las víctimas de la violencia en el mundo entero. Pensemos sólo en las víctimas de las guerras en los países persas, en el Medio Oriente, en naciones de África; recordemos las revoluciones armadas en muchos países del tercer mundo en las últimas décadas del siglo XX con propósitos liberacionistas y con consecuencias fatales para enormes grupos de la población que vieron caer a sus líderes, a sus dirigentes, a ancianos y a niños, a personas de todas las clases y condiciones sociales. Las víctimas se cuentan por millares también en Colombia, y en el Oriente antioqueño la crisis humanitaria fue una de las peores del país. 

Primero llegaron los grupos armados de diversos frentes de la guerrilla, más tarde se organizaron los llamados paramilitares o autodefensas campesinas, en el conflicto terció también el Ejército Nacional, los delincuentes comunes aprovecharon para sacar ventaja en medio del desconcierto. Los resultados saltan a la vista: una enorme cantidad de asesinatos selectivos, en tomas a poblaciones, en retaliaciones por diversas causas; un desplazamiento que en algunas poblaciones como Granada y San Carlos alcanzó cerca del 50% del total de la población; los campos abandonados, pérdidas incontables en agricultura y ganadería, las comunidades destrozadas, desinterés por el valor de la vida. Pero, a mi juicio, el peor desastre fue la profunda huella dejada en el alma de los niños y de los jóvenes por un conflicto que nunca entendieron y de cuyas consecuencias nefastas fueron las primeras víctimas: muchos niños y jóvenes involucrados a la fuerza en los grupos subversivos, muchos otros que vieron cómo en su presencia y con sevicia asesinaron a sus padres y hermanos mayores; una sensación de miedo, desamparo y soledad penetraba sus vidas y los mantenía entre la inseguridad ante el presente y la incertidumbre frente al mañana.

Por muchas que hayan sido las muertes en estas últimas décadas a causa de la violencia, por abundantes que se valoren las pérdidas materiales, por numeroso el número de desplazados, nada de ello se puede equiparar con la profunda herida que quedó marcada como una huella indeleble en el corazón de muchos niños y jóvenes, la mayor parte de ellos creciendo con un amargo sabor de derrota, de impotencia, y también de venganza.

Aún no se ha trabajado suficientemente en la recuperación de éstas, que son las víctimas más desamparadas del conflicto. Se requieren acciones más envolventes, más directas, bien diseñadas por profesionales de las áreas sociales, porque recuperar la esperanza, apaciguar el miedo acumulado durante años, sanar las heridas comunitarias, restablecer las relaciones rotas, volver a generar confianza y a comprometer a la gente en la reconstrucción de sus comunidades es un trabajo de gran envergadura y de largo aliento. Las acciones realizadas por el II Laboratorio de Paz en el Oriente antioqueño, con las millonarias inversiones de la Unión Europea y con la participación de cientos de organizaciones de distinto tipo, no han logrado completamente el objetivo de sanar las heridas que permanecen abiertas, así hayan generado nuevas expresiones de vida comunitaria alrededor de distintos y variados proyectos productivos y de participación ciudadana.

“La paz —lo decía con fuerza el Concilio Vaticano II en su Constitución Gaudium et Spes no es la mera ausencia de la guerra, ni se reduce al solo equilibrio de las fuerzas adversarias, ni surge de una hegemonía despótica, sino que con toda exactitud y propiedad se llama obra de la justicia (Is 32, 7) […] La paz jamás es una cosa del todo hecha, sino un perpetuo quehacer […] Esta paz en la tierra no se puede lograr si no se asegura el bien de las personas y la comunicación espontánea entre los hombres de sus riquezas de orden intelectual y espiritual. Es absolutamente necesario el firme propósito de respetar a los demás hombres y pueblos, así como su dignidad, y el apasionado ejercicio de la fraternidad en orden a construir la paz. Así, la paz es también fruto del amor, el cual sobrepasa todo lo que la justicia puede realizar” (N. 78).

No nos hagamos ilusiones de que ya se ha establecido entre nosotros la paz, simplemente porque ya no se escuchan a diario detonar las bombas o disparar las ametralladoras. Falta aún mucho camino para establecer una paz duradera. Esta no se logrará sin que se consigan la equidad, la justicia, la igualdad de oportunidades para todos. El Papa Juan Pablo II nos lo dijo de muchas formas en sus mensajes para las jornadas de oración por la paz al comienzo de cada año: La paz es fruto de la justicia; la paz depende de todos. También lo había señalado Pablo VI en la Populorum Progressio: “el desarrollo es el nuevo nombre de la paz” (No  76).

Con algunos municipios de la región que presentan índices de pobreza superiores al 90%, con la brecha que se abre cada día más entre los que tienen en demasía y los que no tienen lo necesario para vivir como personas dignas, con los vicios políticos y la estructura económica de corte neoliberal, con las aún muy limitadas posibilidades de acceder a la educación por parte de todos los pobladores, con unas políticas agrarias que favorecen a los terratenientes mientras sacan del camino a los medianos y pequeños productores, con la presencia inescrupulosa de los intermediarios y de las grandes cadenas comercializadoras, en fin, con una pobre visión de la dignidad de la persona humana y la idolatría del dinero, es imposible pensar en la paz. Y, sin embargo, construirla es un deber de todos y es un derecho al que no podemos renunciar. He ahí una misión que debiéramos tomar en serio todos los que soñamos con un mundo nuevo.



Iván Cadavid Ospina. Pbro.
Rector UCO